Medias mentiras, medias verdades y viceversa

Foto por Dhatfield desde Wikimedia

Ocurrió un domingo a finales de septiembre. Serían cerca de las diez de la mañana de un día apacible de cielo despejado, temperatura ligeramente elevada y poco viento; un día bastante común para esa época del año en Las Vegas, pero que la ocasión haría memorable. Leo volvía de la sala a la cocina llevando un plato con los restos de la quesadilla que le había preparado Helena de desayuno. En el televisor había dejado en pausa el documental sobre el extraño mundo de los átomos y las partículas subatómicas que miraba mientras comía. Justo estaba depositando el plato en el fregadero para regresar a su documental, cuando le pareció advertir movimiento al otro lado de la calle. Al correr la cortina de la ventana, divisó entonces un camión de mudanzas y una pareja de estibadores descargando bultos y muebles bajo el radiante sol del desierto. Leo y Helena por fin tenían vecinos en la casa de enfrente.

—Ay, si vieras la cara que pusieron mis sobrinos cuando les conté que nos sentamos a solo unas butacas de La Roca en el Cirque du Soleil —venía diciendo su esposa.

Había pasado la última media hora en una videollamada con su hermana de California y lucía animada y feliz. Leo se hallaba precisamente a punto de buscarla para darle la noticia, consciente de cuánto soñaba ella con ese momento y lo contenta que se pondría. Desde que se mudaran unos seis meses atrás, después de lidiar con un proceso interminable de negociaciones y papeleo con bancos y compañías de seguros, hasta recibir el título de propiedad y las llaves de aquella casa que ella describiría entre lágrimas como «un rinconcito de ambos al que finalmente poder llamar hogar», Helena solía señalar que ahora lo único que les faltaba era tener vecinos. Las personas con las que habían coincidido aquí y allá en la etapa ya superada de vivir en lugares de renta, a su entender no estaban a la altura del calificativo. Vecinos «de verdad», permanentes, duraderos, no caras temporales y cambiantes. Vecinos que encajasen en la definición por algo más que un mero sentido literal de proximidad espacial. Vecinos que lo fueran tanto en la forma como en la substancia.

Sus inicios como propietarios resultarían los mejores si de arrancar en limpio se trata. Primero porque la casa que compraron había sido recientemente construida y segundo porque lo mismo era el caso con relación al barrio entero. Casa nueva, barrio nuevo, vida nueva. El vecindario consistía en uno de esos complejos residenciales en los límites de la ciudad con los que la telaraña suburbana se va expandiendo cada cierto tiempo. Una única entrada, una red de calles sinuosas cortadas a tramos irregulares por callejones sin salida que terminaban en un semicírculo. La casa de ellos quedaba en el más remoto de estos y era una de las dos del fondo. Otro par de viviendas, en el cuello del callejón, se encontraban algo más apartadas por alguna vegetación y unos jardines, la más lejana ocupada por una pareja de ancianos y la otra por una familia de hindúes. La colindante, la que Helena llamaba «de puerta con puerta», seguía vacante cuando ellos llegaron, aún con obreros completando labores de retoque. Varias semanas después, estos se habían marchado y, a los pocos días, un agente inmobiliario que tomaba fotos de la vivienda, le confió a Helena que esta sería adquirida por un padre y su hija.

Y, en efecto, tras cansarse de esperar por meses a que los otros navegaran por el mismo mar de trámites que casi los ahoga a ellos, ahí los tenían ya, de cuerpo y pertenencias presentes, y para goce mayúsculo de Helena, que al notar el camión de mudanzas se abalanzó hacia la ventana, lanzando un chillido.

Delante del camión había parqueada una camioneta blanca y en el asiento de pasajeros contiguo al del conductor reconocieron de inmediato a la chica. Al hombre, en cambio, no alcanzaron a distinguirlo hasta al cabo de unos instantes, cuando salió de la casa y se paró en el umbral a dar unas indicaciones a los estibadores, que en ese momento transportaban un televisor inmenso. Era un tipo musculoso, de piel muy curtida y, en general, buena figura, pese a rondar claramente los cuarenta, lo que le valdría ser reportado por Helena en la entrada de su diario para ese día como «guapetón con algún extra». En cuanto a la muchacha, tendría unos quince o dieciséis años. Muy bonita. Con un bronceado de piel mucho más tenue y vistoso que el del padre y el cabello bien cortito, un corte de pelo al que Helena se refirió como «pixie» y que Leo prefirió catalogar como «de calabaza».

Ahí estaban, un padre y su hija, tal y como mencionara el agente de bienes raíces. Y ahí estaba Helena, toda conmocionada, sacudiendo del brazo a su esposo de la emoción, mientras él intentaba en vano que se le contagiase su entusiasmo y con más ganas de retomar su documental que de otra cosa.

—Iré a saludarlos —anunció Helena, soltándole el brazo.

Leo la miró horrorizado.

—¡Por supuesto que no lo harás!

Solo a ella se le podía ocurrir, le riñó. Los otros acababan prácticamente de estacionarse y bajarse del vehículo y ya corría la nena a molestarlos. ¿Sería tan amable de permitir que al menos terminasen de meter el culo en la casa? ¿O ya no se acordaba del día en que se mudaron ellos, la de tiempo libre de que disfrutaron para atender a desconocidos y hacer vida social? Pero Helena era imparable y ya iba de camino a la puerta. Nadie más que él, contraatacó, para dar la lata con payasadas. Tan mayorcito y tan cortado. Y para su información, nada, ni la milésima parte de un milisegundo de esa histórica fecha marcada con varios trazos circulares de rotulador en su calendario, se le había olvidado. Ojalá alguien hubiese tenido la gentileza de darle la bienvenida a ella por entonces. Leo suspiró con resignación viéndola alejarse. A su esposa era inútil frenarla. Era como pretender parar el viento o controlar a un grupo de chiquillos durante el recreo.

Aún de narices contra la ventana de la cocina, se preguntó si no estaría siendo descortés y no debería salir él también, en lo que observaba a Helena dirigirse al grupo de gente. Era lo que más le frustraba. Vaya manía la de su mujer de crearse un idilio con todo desde la mudanza. Leo no quería entrar en estereotipos, pero la verdad es que aquello era lo que se buscaba por ser un gringo a los cuarenta conviviendo con una latina en sus medianos treinta. Ya mismo hablaba ella con el hombre. Así sin más. La muchachita, por su parte, seguía en la camioneta, chateando o jugando incansablemente con el móvil. Leo sintió envidia de ella, que podía desentenderse del tema sin que se viera mal, al contrario de él, que sufriría potenciales reprimendas si no se reunía con su esposa. Y encima tenía que cambiarse de ropa, porque todavía andaba en pijama. Doble el inconveniente. Infinito el fastidio. Luego, para cuando se hallaba adecuadamente vestido y por salir, ya Helena entraba.

—¿Ves como no era ningún problema? Simplemente les dije quiénes somos, como hacen las personas civilizadas, y que nos toquen la puerta si necesitan algo mientras trabajan.

Leo se encogió de hombros. Difícilmente conseguiría algo más que una migraña tratando de explicarle que él solo se había limitado a plantear una objeción legítima. En el fondo, lo que importaba y no había que perder de vista, era que ya nada le impedía continuar con su documental y enterarse de aquel enredo de la superposición cuántica y del gato encerrado en una cámara de acero con un veneno.

A la noche, ella volvió a la carga. Justo había oscurecido y ya hacía bastante que se había marchado el camión de mudanzas. ¿Qué tal si chequeaban a los recién llegados, en caso de que hubiese algo en que pudieran ayudarlos? Leo procuró disuadirla, convencido de que no era una buena idea. Lejos de él dudar de sus habilidades sociales, pero tal vez haría bien en considerar la posibilidad de que la historia sentimental que se había armado con el asunto de tener nuevos vecinos la hubiera vuelto, dicho desde el más profundo respeto, tan pesada como un grano en el mismísimo ojo del… ¿Un mínimo de tacto, quizás? Pues, no, muy equivocado que estaba, devolvió el golpe Helena. Para empezar, porque persona más socialmente apta que ella había que ir al taller de los más grandes genios fabricantes de gente socialmente apta para que inventaran una. Y para rematar, porque con la agenda tan apretada para soltar groserías que él tenía, seguro no le quedaba tiempo para pensar en más nada, pero a los otros pudiera ser, por ejemplo, que aún no les hubiesen conectado el gas y les tocara bañarse con un agua «canadiense» de lo fría. Menos ser majadero y más ser solidario. ¿Un grano en el trasero? ¿En serio? ¡Animal!

Unos minutos y otro poco de bronca más tarde tocaban el timbre de la casa colindante por primera vez. En la puerta los recibió el hombre con unas bolsas de basura de gran tamaño, llenas hasta el tope, que en ese preciso instante se disponía a botar y que él llevaba sin dar muestras de ponerle mucho esfuerzo. Realmente era una especie de atleta el tipo. Debía de sacarle una cabeza completa y el doble de masa muscular al desdichado Leo, que en seguida se sintió como siempre que alternaba con algún grandulón escultural y macizo: comparativamente menos masculino y genéticamente desfavorecido con su relativa delgadez, su pizca de panza y su forma de pararse un tanto encorvada.

Helena se disculpó por la interrupción, asegurando al hombre que solo asomaban por ahí para echarles una mano con cualquier cosa que les hiciera falta, que para eso ya eran vecinos. Ellos eran Helena y Leonardo Cahill. El otro se presentó como Mauro Costa.

A una mención de Helena, pronto saldría a relucir que la compañía de gas no enviaría a alguien para activarles el servicio hasta la mañana siguiente, tal cual anticipara ella. Helena propuso, entonces, que se ducharan con agua caliente en casa de ellos y miró a Leo de reojo con una sonrisa a medio camino entre triunfal y burlona. El intercambio tenía lugar a un lado de la puerta de entrada, parcialmente abierta, y a través de esta se podía apreciar el panorama típico dentro de una casa en tales circunstancias, con las columnas de cajas, los objetos apilados en rincones y los trozos de cartón, papeles de periódicos usados como envoltorio y tiras de cinta adhesiva regados por el suelo. Mauro los invitó a entrar y llamó a la chica, a la que introdujo como su hija Macy. A él no le importaba bañarse con agua fría, incluso le gustaba, pero ella probablemente se los agradecería.

—Pues, claro que sí. No se va a duchar la pobre con un agua helada —recalcó Helena—. O como nos pasó a nosotros, que tuvimos que irnos a dormir con el polvo y el sudor de la mudada, porque, para colmo, cuando llegamos todavía era invierno.

La chica le dio las gracias y se escabulló a su cuarto a por ropa interior limpia y algunos artículos de aseo. Vista de cerca, reflejaba más bien unos diecisiete años. Casi toda una mujer ya. Tenía los labios muy carnosos y ojos de un tono entre gris y verde. El cuerpo era esbelto, con curvas no muy acentuadas y de líneas suaves. Una «monada», en opinión de Helena, que le dedicó ese y otros elogios mientras la esperaban.

—Estas casas son magníficas —observó Leo, temeroso de que su esposa pasara de las alabanzas a alguna pregunta indiscreta sobre la madre de la muchacha—. La más linda después de la nuestra es esta —agregó, y los tres rieron.

Una vez en la casa «más linda», Helena guió a Macy al baño de huéspedes y Leo y Mauro permanecieron en la sala, enfrascados en ver a quién se le daba mejor romper el silencio con algún comentario banal sobre el clima. Aunque a menudo Helena lo estresaba con su hiperactividad social, a Leo no le avergonzaba admitir la superioridad de su esposa en ese ámbito. Nacida para la interacción verbal, compartir y empatizar quedaban en el mismísimo centro de su zona de confort. A su regreso, ella encontró a ambos hombres callados y ventiló no muy sutilmente el ambiente con una broma, aconsejándoles que no le dieran tanto a la lengua para que no se les dañase la voz. Con su retorno no demoró en haber conversación de sobra. Al cabo de algunas frases ya era como si la charla tuviese vida propia, y ella iba rebotando tranquilamente de una cuestión a otra y hablando de cuanto se le antojaba.

Del lugar.

—No es porque sea donde vivimos, pero esto acá es como un rinconcito poético. En ninguna otra parte hay tantos árboles y flores. Yo me la paso como si estuviera soñando o dentro de un cuadro. Tú no le hagas caso a Leo, que él no hace más que protestar por el hecho de que queda en las afueras, y si le preguntas te va a decir que te mudaste a China. A él lo pone malo meterse tanto tiempo para ir y venir del trabajo, pero a mí, honestamente, me da igual, y eso que yo tengo que ir más lejos.

De los vecinos.

—En la casita de la esquina, la que está frente al parque, vive una pareja de ancianos que son un amor. Tendrías que verlos cogidos de la mano como dos adolescentes cuando salen a pasear por el barrio. La otra casa, la grandota al lado de la de ustedes, pertenece a una familia de la India. Es todo un familión, un matrimonio con dos hijos, el varoncito de unos diez años y la chica como de la edad de Macy, y una señora mayor, madre de la mujer, creo, y la otra hija de la señora, más joven, Nadira, que a cada rato viene a arreglarme las uñas. El hombre es un doctor de renombre. Gente muy agradable y educada. Eso sí, a veces se siente demasiado el olor de la comida tan condimentada que cocinan.

De sus circunstancias.

—Leo y yo vivimos con los horarios cruzados. Yo trabajo en gestión de recursos humanos y mi horario es el clásico de una oficina, el de nueve a cinco de toda la vida, con los fines de semana libres como las personas normales, mientras que Leo es gerente de un piso de casino y descansa los domingos y los lunes y le toca lo mismo el turno del día que el de la noche. Eso es lo complicado de una ciudad como Las Vegas y esos trabajos de casino. Es desesperante. Solo tenemos un único día a la semana para pasar completo juntos.

De los nuevos residentes supieron que se habían venido hacía poco de Oregón. Mauro contaba con un título de asociado en «especialista en ciencias aplicadas a la salud». Por la época en que estudiaba para sacárselo, solía trazarse planes con un amigo para abrir un gimnasio entre los dos en cuanto se graduaran y reunieran algunos fondos. Como sucede con tantos proyectos para los que hay más voluntad que medios, la realidad acabaría echando por tierra el de ellos, y no sería hasta muchos años después, cuando ya Mauro no se acordaba ni de su título ni de su amigo, que este lograría ponerlo en práctica allí en Las Vegas. Al ser contactado por su antiguo compañero de estudios para que lo ayudase a manejar el local, él no se lo pensó dos veces e hizo las maletas rumbo a Nevada.

Tras ducharse, Macy se les unió en la sala y siguieron conversando. Animada por el relato de Mauro, Helena reveló a su vez que ella tampoco era oriunda de aquel estado, sino de California, donde se hallaba toda su familia, excepto una de sus hermanas, que vivía al otro lado de la ciudad con su esposo y sus dos niñas. Luego, aprovechando la llegada de la chica, Helena desvió su atención hacia esta. Estuvo preguntándole por la escuela, el grado que cursaba, si extrañaba Oregón y las amistades que había dejado por allá, si le iba bien adaptándose al cambio de escenario y trabando nuevas amistades por acá. A Leo continuaba sin hacerle ninguna gracia que a ella se le pudiera escapar algo en relación con la madre y se alegró cuando Helena dio por terminado el interrogatorio, solo para unos instantes más tarde oírla alabar el tono de piel tan hermoso de los otros y comentar que de dónde sacaban aquel bronceado envidiable.

—¡María Helena Quintana! —suplicó él.

Helena se echó a reír.

—Uf, ya se nos cabreó el profe —manifestó divertida—. Me llama por mi nombre completo y mi apellido de soltera cuando se enoja. A ver que tendrá de malo dirigir un cumplido. ¿Dónde está el crimen? Yo soy de raíces hispanas, mexicana no de nacimiento, pero sí por línea hereditaria —señaló, extendiendo un brazo adelante para mostrar su tez apenas oscura y acariciando la tupida mata de pelo negro que le caía en rizos a la altura de los senos—. A mí quien me quiera celebrar por mis rasgos raciales es bienvenido —concluyó, y alzó sonriente la barbilla para resaltar su rostro de cachetes mofletudos, su nariz semitorcida y puntiaguda de aletas dilatadas y sus ojos almendrados.

En los semblantes risueños de padre e hija no se notaba el menor vestigio de incomodidad. Mauro explicó que sus padres habían inmigrado desde Brasil cuando todavía era muy pequeño; tan pequeño, de hecho, que a la larga tenía más sentido para él decir que era de Tampa, Florida, donde había crecido. La gente por lo general creía que procedía de algún país norteafricano o del medio oriente: Marruecos, Túnez, el Líbano o algo así. Reaccionaban con incredulidad cuando se enteraban que era de Brasil. Para compensar por su exabrupto anterior, Leo confesó que él era de esos que no le habría atinado ni al continente, y de nuevo todos rieron.

Tras este episodio, la velada no se prolongaría mucho más. Mauro les agradeció una vez más la atención. Con gusto seguiría platicando, pero aún quedaba bastante que desempacar. Leo y Helena le dijeron que perdiera cuidado, que era algo totalmente comprensible. El caso es que ya eran vecinos y ahí los tenían para lo que fuera. Y así sería como empezaría todo entre ellos, con una reunión más bien breve, pero que dejaría muy buena impresión y supondría el comienzo de unas relaciones que se irían consolidando en el transcurso de las semanas posteriores.

Esa noche, Leo se fue a la cama preguntándose cuál sería el próximo capricho de su esposa, ahora que a su «rinconcito poético» ya no le faltaba nada y que tenía unos vecinos enfrente que eran «un encanto», tal y como los definiera ella misma, mientras se cepillaban los dientes hombro con hombro en el lavabo doble para baño de granito, fruto también de uno de sus antojos. Y, bueno, un efecto inmediato del trato con estos en ella fue su decisión de llevar una vida menos sedentaria haciendo ejercicios, sin duda inspirada por las actividades deportivas de Mauro. De modo que ahí tenía Leo su respuesta. Al poco tiempo, ya Helena andaba sugiriéndole a este comprar «algunos de esos aparatos de gimnasio» para ejercitarse en casa, y unos días después era la orgullosa dueña de una bicicleta estática y una elíptica, tras algunas protestas iniciales de Leo, desconsolado por su obstinación en «gastar más dinero en más mierdas», con el «pedazo de hipoteca» que ya pagaban. Finalmente, el pasatiempo llegó a un desenlace tragicómico cuando ella se torció el tobillo en la elíptica y tuvo que pedir permiso en la oficina para trabajar desde casa por un par de días.

—No te preocupes —la consoló y mortificó Leo a la vez—. Solo piensa en el Tylenol como parte del entrenamiento.

Helena daba algunos sorbos a un margarita en lo que avanzaba cojeando hacia la sala. Leo se había tendido de largo en el sofá, sin deseos de mover ni un músculo tras una jornada de trabajo de diez horas, y la seguía con la vista. Siquiera se le notaban moretones o hinchazón en el tobillo. Tanto teatro por algo tan insignificante. En última instancia, eso le pasaba por lanzarse al agua antes de aprender a nadar. ¿Qué sabía ella de ejercicios, si su actividad física más intensa se reducía a probarse media tienda de ropa en los vestidores de los grandes almacenes del centro comercial? Una bonita luz dorada de puesta de sol se colaba por entre las persianas. Afuera cantaban los pájaros y la brisa mecía las ramas de los árboles. Helena lo sentía por él, pero ninguna de sus gracias le echaría a perder la magia de ese ambiente, por muy confiado que estuviera de sus dotes de humorista. Es que era asombroso, remarcaba él, incorporándose a duras penas y besándola en la frente. ¿Cómo se las había arreglado para lesionarse con un artefacto tan inofensivo y sencillo como una elíptica? Estaba haciendo historia.

Entretanto, los días se sucedían y el contacto entre ambas familias se volvía más y más regular. Helena no desperdiciaba chance alguno de serles de utilidad a los otros. Si Macy requería asistencia con un deber o proyecto de la escuela, ella se ofrecía. O en algunas ocasiones en que a Mauro se le complicaba administrar las redes sociales del gimnasio, ella redactaba algunas publicaciones para él. En una oportunidad, durante un fin de semana que Leo se encontraba en Reno atendiendo un seminario por motivos de trabajo, ella acompañó a padre e hija a las instalaciones de Ikea para ayudarlos a escoger una alfombra para la sala y una mesita de computadora para el cuarto de Macy. En otra, la noche de Halloween, cuando vinieron sus sobrinas, Macy fue con ellas a recolectar caramelos y dulces, junto a la mayor de las hijas de la familia de hindúes, la de su edad, a quien conociera justamente por Helena y de quien ya no se separaba.

Incluso ya tenían planeada una venta de garaje en común.

La iniciativa partiría de Mauro. O más o menos. Originalmente era solo él quien haría la venta, pero, claro, en cuanto Helena lo supo quiso participar. Y por parte de Leo, excelente. A diferencia del rollo de los ejercicios, eso era algo favorable que salía del apego de su esposa por los otros. Así se libraban de lo que él caracterizaba sin contemplaciones como «un montón de porquerías que ya no usaban».

Ese día él se había empeñado en reemplazar las pastillas de freno del Hyundai de Helena e iba transitando por todas las fases de frustración de alguien sin experiencia ni habilidad para el oficio de mecánico. Al final tendría que capitular e ir a por Mauro para que lo sacase del aprieto. Fue un rato más adelante, en lo que trabajaban en el carro, que este mencionaría lo de la venta de garaje. A ver si desocupaba la casa de mil basuras que solo abarrotaban los rincones y acumulaban polvo. Cuando Helena apareció para traerles limonada, Leo la puso al tanto y, antes de que acabara ni de decirle, ya ella se había sumado a la propuesta. Y es que, sin que se dieran cuenta, ya habían alcanzado ese grado de familiaridad en que sobran las formalidades y casi que había surgido entre ellos, quizás no exactamente una amistad, pero sí algo situado en algún punto más allá del básico «buenos días, ¿qué tal?» del vecino extrovertido.

Por lo demás, para mantenerlo todo a raya, igual siempre se podía contar con el perro de presa de las buenas maneras que era Leo, que al más mínimo indicio de que su esposa se estuviera sobrepasando, con justicia o no, se afanaba por ejercer algún control de daños.

—Pero, Helena, ¿qué sabes tú si el pobre hombre tiene otra cosa en mente? —objetó entre risas— Averigua primero, por el amor de dios.

—Ay, ni que a Mauro le importara —se defendió ella, uniéndose a las risas—. Yo también quiero deshacerme de algunas cosas y, si hacemos la venta en grupo, hasta viene más gente.

Leo dio un sorbo a su limonada en tanto Mauro hacía lo propio con la suya, y parte del líquido del vaso se escurrió por su barbilla cuando Helena le dio un manotazo en la espalda por los chistes que hacía a su costa.

—Dios mío, Mauro, en la que te has metido, hermano.

A decir verdad, en «la que se habían metido» cada vez se preciaba más de ser un espacio donde todo fluía con buen ritmo. Únicamente a un pesimista total, uno de esos veteranos del campo de batalla de la vida, altamente fogueado en la gimnasia de cabriolas bruscas con las que rueda el mundo, le habría dado por pensar que algo tenía por fuerza que venir a perturbar tan dulce racha, para conservar cierto equilibrio en el universo. Por eso es fácil imaginar lo desprevenido que pilló a Leo que, a la semana siguiente de Halloween y anterior a la venta de garaje programada, en medio de aquella atmósfera de aire puro y cielo sin nubes, con más potencial para una tarde de pícnic que para una tormenta, Helena le soltara con toda la sangre fría del mundo y sin preparación previa alguna… ¡que sospechaba que mauro tenía relaciones incestuosas con su hija!

Para Leo fue como si lo hubieran agarrado por las solapas y sacudido con violencia para despertarlo de una siesta. Incluso acostumbrado como estaba a que la psique de su esposa fuera ese lugar brutal, sin paseos suaves, que era, y aún al corriente de que cualquier trozo de algo, con cualquier forma, cualquier tamaño, cualquier peso y cualquier material, era capaz de salir de allí disparado para aterrizarle en toda la jeta y rajarle un tortazo masivo, aquello se le hizo excesivo. ¿Incesto? ¿Qué aberración de película podría ser ahora aquella?

Resulta que la noche de Halloween en cuestión, Helena había escuchado por accidente parte de un diálogo entre Macy y su amiga. Macy le contaba a la otra chica que su novio era un hombre mayor que ella. Un hombre hecho y derecho, con experiencia, que sabía cómo tratar a una mujer y que no se andaba con chiquilladas. Lo último que Helena le oyó decir fue que, encima de eso, no debía usar protección con él, ya que el tipo tenía hecha una vasectomía. A ella no le había caído nada bien enterarse de aquello ni oír a Macy expresarse así, pero no le había dado más importancia al asunto. Esa tarde, sin embargo, se pegaría un susto de muerte mientras se hacía la manicura con su otra vecina favorita, Nadira. Helena bromeaba con ella, recomendándole que fabricara un bebé con el machote de Mauro, y casi pierde el conocimiento cuando Nadira replicó que para eso primero tenía Mauro que mostrar algún interés por ella y luego revertir la vasectomía que su cuñado recientemente le practicara.

—Lógico —se burló Leo, tras el choque inicial, y esforzándose por sonar tan mordaz y condescendiente como le fuera posible—. Es que la idea de dos personas diferentes sometiéndose a la misma intervención quirúrgica por las mismas fechas, es de una audacia tal que, nada, la única explicación válida es que Macy hablaba de Mauro.

Helena suspiró, fingiendo una gran tristeza, y le pasó una mano por el brazo.

—Leo, cariño, debe ser increíblemente extenuante ser tú todo el tiempo, ¿verdad?

Aún había más, prosiguió ella, cosas que en su momento le parecieron raras, pero en las que no se atrevió a leer de más, porque algo tan sucio ni en un millón de años le habría cruzado por la cabeza, y que ahora relucían bajo una luz nueva.

Que la mataran si la vez que fueron a Ikea no había sorprendido a Mauro acariciando el trasero de Macy. Ellos examinaban un escritorio. Helena hacía hincapié en que este combinaba muy bien con el resto de los muebles y el color de las paredes del cuarto de la chica. Mauro se hallaba entre ellas y fue ahí que ella juraría que lo pescó en el acto. Asimismo, uno de los días en que estuvo trabajando desde casa cuando se torció el tobillo, había percibido cierto ruido de actividad sexual proveniente de casa de los otros. Helena recordaba lo gracioso que le había resultado eso. Mauro se había traído una invitada, el caradura. Y al ver a Macy saliendo de la residencia un rato después, de tan ingenua, lo que había pensado era que Mauro necesitaba ser más discreto con su hija en casa.

Leo entornó los ojos, si acaso menos convencido, y se empecinó en continuar aguijoneándola, sin mucha consciencia del peligro.

—Bueno, esposa mía, teniendo en cuenta la gravedad del crimen, espero que estés segura al cien por ciento del presunto agarrón de nalgas.

Y la conversación, como se veía venir, acabó con Helena acusándolo de obtener un placer enfermizo en hacerla enojar y exhortándolo a que sacase una cita con un psiquiatra, antes de que «su trastorno» ya no tuviera remedio. Ahí lo dejaba con sus pesadeces de sabelotodo. ¿Sabía él qué era eso en su mano, él que sabía tanto? Eran sus audífonos. ¿Sabía él qué era aquella máquina en una esquina del patio? Era su elíptica. Y, ¿sabía él que haría ella con los unos y con la otra? Pues su tanda de ejercicios de hoy, oyendo sus baladas de los ochenta. Adiós y que olvidara que ella le había dicho nada.

Leo admiró el contoneo de su trasero, deliciosamente acentuado por la lycra de hacer ejercicios, en lo que ella se alejaba y desaparecía en el patio, y meneó la cabeza con desaprobación, como si le reprochara que viniera a importunarlo con ridiculeces. Pero, aunque Helena se hubiera llevado la impresión de que él no se lo había tomado en serio, en realidad aquello le encendería más de un botón de alarma. ¿Que lo olvidara? ¿Cómo olvidar algo semejante? ¿Y si ella tenía razón? Algo así de turbio no es del tipo de detalles que se dejan correr ni que nadie con plenitud de sus facultades morales se puede dar el lujo de ignorar. Era una atrocidad, muy probablemente un delito tipificado en el código penal. ¡Dios, con lo bien que les iba y lo que se habían encariñado ya con los otros! De entre todo lo que podía sobrevenir, el destino escogía para turbar la paz y armonía reinante nada menos que una indecencia con el nivel de depravación justo para comprometer sensiblemente el futuro de las relaciones entre ellos.

Él era una de esas personas en las que se da un balance aceptable entre conducirse de forma racional y actuar afectado por la emoción. Por desgracia, dado lo escabroso de la situación, le costaría un poco enfrentarse a esta lo mismo de un modo que de otro y pasaría el último segmento del día en un estado de apatía hosca. ¿Por qué habría tenido Helena que ir a meter la narizota en lo que se decían Macy y la amiga? Ahora seguramente no era nada, solo una odiosa e inoportuna coincidencia, en torno a la cual se montaría un drama innecesario. Aquella era una época del año muy especial para él, la más festiva y movida, no solo porque en la misma se apretujaban empujándose unos a otros alegremente el Día de Acción de Gracias, las Navidades y la despedida de año, sino porque, como quiera que el cerdo no podía quedarse sin manzana, adicionalmente incluía su cumpleaños a principios de diciembre. Y tenía que caer ese paquete y afearlo todo.

Era domingo, cerca ya de anochecer. Él estaría trabajando en el turno vespertino esa semana, de lunes a sábado, de siete a siete, con la madrugada de por medio. Para el lunes, ya sin Helena en casa, su mente entraría en los preliminares de una fase más proactiva. Ya era tarde para lamentarse por el eventual malentendido, el daño estaba hecho y era hora de explorar soluciones. Aún albergaba el presentimiento de que todo era una tontería por la que no había que angustiarse así que, cuanto antes se esclareciera el tema, mejor. Y al cierre del día, para cuando empezaba su jornada laboral, ya había decidido un curso de acción. El quid consistía en espiar a Macy a la salida de clases. Si el hombre mayor con el que se veía no era Mauro, en algún momento debía encontrarse con este. Él no se iba a trabajar hasta a eso de las seis y la chica terminaba la escuela como a las cuatro. Tiempo más que suficiente para sus pesquisas.

Y a eso obviamente había que llegar, repasó con ironía esa noche, mientras se paseaba aburrido por entre las mesas de juego: a verse obligado a ejercer de detective. Ese era el número que le tocaba improvisar por intimar con unos perfectos desconocidos, antes de cerciorarse de compartir con ellos algo más que las mismas coordenadas geográficas. Meses atrás, si le hubieran leído el futuro y comunicado que en un tiempo andaría persiguiendo a una adolescente para indagar en sus intimidades, él habría pedido en el acto un reembolso del dinero abonado en la consulta. Y, sin ánimos de culpar a nadie en específico (Helena), todavía había quien lo criticaba por preferir guardar las distancias y no aventurarse en roces con vecinos hasta informarse más sobre ellos. Él buscó alguna clase de consuelo en que la seriedad de las especulaciones de su esposa exigía el sacrificio de su parte y se preparó psicológicamente para la semana que tenía por delante.

Martes.

La preparación psicológica no le valió de mucho cuando se vio abrumado por hordas de estudiantes brotando a chorros del edificio principal del recinto escolar. La turba se desparramaba por toda el área como un enjambre de moscas y permanecía revoloteando en las inmediaciones, unas condiciones que facilitaban y a la par dificultaban su objetivo, ya que lo que ganaba por un lado sirviéndose del gentío para disimular su presencia y así evitar ser detectado por Macy, lo perdía por otro tratando él de detectarla a ella entre todo ese revoltijo de figuras en mochila que inundaban el lugar echándose sobre los muros, sentándose en los peldaños de las escaleras y en el respaldar de los bancos, ensayando acrobacias con monopatines, interpelándose a gritos unos a otros e intercambiando risotadas y saludos de manos elaborados.

Cada vez más ansioso, Leo se preguntaba si no se habría equivocado de escuela y aguzaba la vista escudriñando entre la multitud. Como nota al margen, señalar que seguir a otra persona funcionaría a las mil maravillas en el mundo de la ficción, pero en la práctica distaba de ser como en los libros y en las películas. Definitivamente una simplificación mentirosa. Al final no lograría localizar a la chica hasta que la masa de jóvenes comenzó a dispersarse con lentitud, la mayoría a pie, desplazándose en grupos, y otros en autos, propios o de adultos, que pasaban a recogerles. Ella se subía a uno de estos vehículos junto con otros chicos y chicas, un crossover plateado. Unos segundos más y no la veía.

Leo siguió al crossover de la forma más furtiva que pudo, ni muy lejos para no arriesgarse a perderlos en un semáforo, ni muy cerca para no exponerse a que Macy reconociera su carro. Como nota al margen de la nota al margen, añadir que, en materia de espiar, el imperativo era el mismo que en cualquier otra actividad: navegar con suerte. Y por suerte sería un viaje corto. Transcurridos unos diez minutos de trayecto, se detenían en un parque donde se celebraba un juego de sóftbol. A Leo el resto del tiempo del que disponía antes de tener que marcharse a trabajar, se le fue en vigilar al grupo desde una distancia prudente, mientras Macy y los demás miraban el juego desde las gradas y, luego de concluido el encuentro, ocupaban unos bancos al otro lado del terreno. Los bancos se hallaban en el extremo opuesto del parque, pero a pesar de lo apartados, Leo pudo advertir que Macy estaba con uno de los chicos. Era un joven de su edad, uno de los jugadores, quien se había sumado al grupo. Ella yacía recostada a él y él la rodeaba con un brazo. Así que, por lo pronto, ni Mauro ni ningún otro hombre mayor.

Nada determinante en el primer día de investigaciones.

La última nota sería lo tedioso que se volvía la faena. En vez de estar descansando en casa para su jornada nocturna de doce horas, se veía forzado a aguantar esa lata.

Miércoles.

De camino a esperar a Macy a la salida de clases como un padre más por segundo día consecutivo, lo que le tocó soportar en esa oportunidad fue un atasco de tráfico de varias cuadras. Leo sacaba la cabeza por la ventanilla a cada rato con impaciencia y echaba pestes por la demora, sin conseguir distinguir el final de las dos hileras de autos ante sí. La causa del embotellamiento parecía ser un accidente que se había producido en una intersección próxima. La policía iba haciendo circular por turnos el flujo de vehículos que confluían en el punto de conflicto desde las cuatro direcciones. Todo el trámite era dolorosamente lento. Tras un inicio sin mayores percances, lo raro habría sido que la continuación no se resintiera, falló él de malhumor, resignándose a pisar y soltar el pedal de freno una y otra vez para avanzar apenas algunas revoluciones de neumáticos. Cuando llegó a la escuela ya no había gente en los alrededores, tal como se temía. Tampoco vio a Macy en el parque del día anterior. No le quedó más remedio que irse a casa y encima con una lumbalgia espantosa.

Increíble que se le hubiera malogrado así la sesión de espionaje de aquel día, se reprochaba a sí mismo. Poco había durado su sistema de inteligencia en irse a pique. Leo pensó en algo más que pudiera hacer, renuente a aceptar que todo hubiese acabado hasta el día siguiente. Aún era temprano. Ni su esposa ni Mauro estarían de vuelta hasta más tarde, ella de la oficina y él del gimnasio. ¿Quizás Macy había regresado de la escuela a la casa en lo que él andaba tras ella? Leo resolvió tocarle la puerta a los otros y comprobar si era el caso, pero en la otra residencia solo reinaba el silencio y nadie vino a abrirle. Y tanto mejor, porque en lo que pulsaba el timbre y aguardaba bajo el umbral, se daría cuenta de que siquiera se había detenido a considerar alguna excusa para justificar su visita. Así de poco práctico era para esas cosas. ¿Quizás entonces debía aprovechar que no había nadie en casa y colarse en el patio para husmear?

Leo no supo que tenía el arrojo suficiente para una maniobra de ese calibre, hasta que se desafió a llevarla a cabo. En el peor de los supuestos, de ser descubierto, se disculpaba con que había visto una serpiente deslizarse dentro. Eso era lo que tenía que hacer, se dijo, actuar de manera más creativa. Solo cuando se halló al otro lado del muro, fue que se tomó la molestia de plantearse en qué podía ayudarle curiosear en el patio de los otros. ¿Qué podía encontrar ahí que resultase de interés para el problema que le ocupaba? ¿Qué elemento incriminatorio relacionado con eso podía aparecer en los alrededores? A lo sumo, lo único que le llamó la atención fue la caseta de la piscina y por razones aparte. Mauro había hecho un buen trabajo transformándola en una suerte de estudio. Pese a lo reducido del espacio, había conseguido acondicionar el lugar con una mesita y un televisor, un sofá mediano, un minibar y una nevera portátil. Incluso había alfombrado el piso. Antes de marcharse, Leo se tumbó de largo en la alfombra para aliviar la espalda y miró todo en derredor encantado.

Posteriormente, mientras se cambiaba para salir a trabajar, notó sus ropas cubiertas por una pelusa azul. Eran de la alfombra de la caseta. Hasta ahí había llegado el buen desempeño de Mauro, refunfuñó, sacudiéndose las pelusas.

Estado de la investigación: momentáneamente estancada.

Jueves.

Al principio se daría como una repetición de sus experiencias de dos días atrás. Si los días se pudiesen clonar, aquel habría sido una réplica del arranque del martes. De nuevo desbordado por las tropas de adolescentes que saturaban las afueras del recinto estudiantil como un ejército de hormigas. De nuevo a punto de no avistar a tiempo a Macy entre el amasijo de cabezas y melenas y fachas variopintas. La diferencia esta vez estribaría en que Macy se fue caminando con una amiga. Leo la vio hablando con aquella y con la hija de sus vecinos hindúes y luego despedirse de esta última y echar a andar con la otra. Él casi les pierde el rastro en lo que tardó en subirse al carro, incorporarse al tráfico recargado y de avance a cuentagotas de una calle de escuela a la hora de la salida, y dejar atrás la congestión de vehículos y transeúntes. A partir de ahí se limitó a conducir tras ellas con no pocos apuros para no seguirlas de cerca ni pasarlas de largo, con frecuencia parándose a una orilla de la vía y encendiendo las luces de emergencia.

La operación se complicó cuando las chicas tomaron por una avenida mayor. Leo se había estacionado en una gasolinera y optó por seguirlas a pie. Ellas cruzaron la avenida e ingresaron a una plaza comercial gigantesca y Leo nuevamente no las perdió de vista por los pelos entre la numerosa concurrencia, justo alcanzando a ver que se adentraban en una tienda por departamentos. Más valía que todo aquel baile que se estaba pegando rindiera aunque fuera tan solo la semilla de un fruto, iba rezongando él, porque lo último que necesitaba era lidiar con chicas de compras.

Como precaución, él consumió algunos minutos antes de acceder a la tienda y, al hacerlo, estuvo dando vueltas por las distintas secciones de sus tres pisos sin encontrar a las muchachas por ninguna parte. Ahora sí que se le habían escapado, maldecía por lo bajo. Un día más descargado por el inodoro. Los vendedores le cortaban el paso para saber si había algo en que pudieran asistirlo y le hacían perder el tiempo y la paciencia, enseñándole las rebajas y promociones que tenían en oferta. A Macy se la había tragado un agujero negro, pero los artículos en los estantes con los rótulos amarillos estaban a mitad de precio. Cada empleado usaba un pantalón negro y una camiseta roja con el emblema de la tienda. Enfundada en uno de estos uniformes, Leo divisó a lo lejos a la amiga de Macy abandonando las habitaciones del personal. Detrás asomaba la misma Macy, vestida con sus ropas de escuela. Aparentemente, la amiga trabajaba ahí y ella le hacía compañía.

Aliviado de verlas, Leo se dedicó a revisar las piezas que colgaban de las perchas, lanzando miradas esporádicas en dirección a las otras. De lo que fue testigo superaría sus expectativas. Macy salía con uno de los empleados de la tienda, un tipo que en un momento dado se acercó a ella mientras ella estaba de espaldas, rodeándola por la cintura con los brazos y besándola en el cuello. No era un sujeto de la edad de Macy como el del parque, sino de unos treinta años, alguien que decididamente clasificaba en el grupo de hombres «hechos y derechos y con experiencia». Un hombre no tan mayor como Mauro, que rozaba la cuarentena, pero mayor que Macy sin discusión. Leo se apostaba un año de vida a que si lo sonsacaban ese tipo confesaba que tenía hecha una vasectomía.

El hallazgo era prometedor, se iba diciendo de regreso a la gasolinera en la que había dejado el carro.

Viernes.

Disipado el pinchazo de adrenalina inicial, con una noche completa de vigilia forzada en el casino para reflexionar en todo hasta marearse, Leo se preguntó si ya con aquello último se zanjaba la controversia. ¿Podía ya dar por descontado que su vecino grandulón no era ningún pervertido? ¿Qué más hacía falta? ¿Oír de boca de la propia Macy que el fulano de la tienda era el hombre mayor al que ella aludiera en presencia de Helena? Evidentemente no tanto como eso, pero sí algo más modesto, como saber si al otro le habían efectuado una vasectomía. A Leo lo descolocaba en cierta medida no estar en condiciones de propinar ese puntillazo decisivo. Quizás en parte lo que ocurría también es que, como todo había partido de que podría tratarse de Mauro el hombre mayor con el que salía Macy, él tendía involuntariamente a pensar en alguien en el rango de edad de este al imaginarse a otro hombre mayor. Si el de la tienda hubiese sido un cuarentón, seguro que no habría invertido ni un segundo en preocuparse por su historial médico.

La verdad que tanto brete ya lo agotaba. Lo que quería a esas alturas era pasar página de una vez. Si había que adaptarse a vivir con la incertidumbre de que algo así de siniestro cabía la posibilidad de que se escondiera tras la puerta de sus vecinos, pues se adaptaba y listo. Era lo que tenía que haber hecho desde un comienzo en lugar de emperrarse en aclarar nada. No más «romperse el culo» siguiendo a la chica después de clases, acordó. No más «joder» en el patio de nadie. Bastante se había ensuciado las manos ya revolviendo la «mierda ajena».

Como punto y final de sus gestiones, esa tarde volvió a la tienda a ver si de alguna manera se las apañaba para sondear al tipo aquel y recolectar cuanto dato pudiera sobre su persona. Leo ya había urdido más o menos como un argumento para engatusarlo y con suerte llevarse el premio mayor. Empezaba diciéndole que andaba buscando algunos regalos que sus hijos le habían pedido a Santa por Navidad y por ahí se soltaba a hablar de que tenía cuatro pequeños en total y de que ni su esposa ni él ya daban abasto con tal escuadrón, y de que si aún no se había hecho una vasectomía como le exhortaba ella a cada rato, era porque tenía entendido que, tras el procedimiento, uno se pasaba una semana entera arrastrándose de un lado a otro como si le hubieran pateado los huevos con calzado militar.

Él iba ensayando la escena de cabo a rabo de camino a la plaza comercial y de milagro no llegó a cambiar de idea y largarse de lo ridículo que sonaba todo incluso en su cabeza. De existir algo más estéril que los órganos reproductores de aquel tipo (siempre que fuese este el hombre mayor al que se refiriera Macy) era su cerebro después de algunos días sin dormir lo suficiente, convino él, mientras recorría departamentos y subía y bajaba escaleras mecánicas a la caza del otro.

Luego, para bien o para mal, según se mire, siquiera daría con el sujeto y, para acabar de trastocar sus planes, a quien se toparía sería a Mauro.

Leo lo sorprendió entrando en el local de Victoria’s Secret cuando ya él se disponía a abandonar la tienda, harto de zapatear sin éxito detrás del vendedor. Mauro no había reparado en él y Leo por su parte titubeó sobre si aproximarse a saludarlo, como si meterse en un establecimiento de esa naturaleza para sostener unos minutos de cháchara casual fuera tan inapropiado como hacerlo en los baños. Le daba mala espina, además, tropezárselo expresamente en un Victoria’s, de entre tantos sitios. ¿A quién se suponía que le compraba la lencería? La pregunta admitía cualquier respuesta y, de no ser por la que estaba cayendo, que la destinataria pudiera ser Macy jamás habría sido una opción. Y con esa distinción en mente rechazó darle más vueltas y se marchó a trabajar, ya sin humor para abordar al otro.

El día siguiente, sábado, era el de la venta de garaje.

Leo calculaba esperar a la tarde, cuando terminara esta, para darse el gusto de alardear ante Helena de sus andanzas de esa semana. Lástima que, a sus contados treinta, el individuo de la tienda se quedara algo ligero de años y no marcase todas las casillas para ser considerado el novio veterano de Macy de modo irrefutable. Callarle la boca a su mujer se le pondría cuesta arriba con ese detalle aleteando y zumbando en derredor como un bicho atrapado en una habitación. A ver qué le costaba a aquel cabrón haber sido una década más viejo, se quejaba, bajándose del carro y yendo al encuentro de su esposa y de Mauro.

Eran pasadas las ocho de la mañana y los otros ya alistaban las cosas. Helena había estado la mayor parte de la semana separando lo que iba a poner a la venta y atormentándolo con preguntas, cuando no dejándole notas hasta en la ropa interior, acerca de si quería desembarazarse de esto o conservar aquello. La casa se había llenado de una amplia gama de artículos organizados en categorías, organizadas a su vez por precios. En breve empezarían a aparecer cajas y bolsas de plástico por dondequiera. Con el advenimiento del gran día, cada objeto era ahora sacado y distribuido en mesas plegables o por el suelo. Las prendas de vestir eran colgadas en bastidores de ropa como los que se ven en los comercios. La bisutería era expuesta en estuches. Los libros y discos compactos en cajones.

Leo se internó en el chiringuito como un cliente más e hizo un gesto de saludo a Mauro. Advirtió que el espacio se hallaba dividido en tres secciones, una para Helena, una para el otro y una para Macy, quien aún dormía. Cada sección tenía una silla y frente a esta una cajita con dinero suelto. En una esquina se podía apreciar una nevera con bebidas y una mesita con chucherías para picar. A un lado de los equipos eléctricos había una extensión para que estos pudieran ser probados. Junto a la ropa en exhibición, convenientemente emplazado, destacaba un espejo. Por supuesto, tampoco había que ser especialmente perspicaz para adivinar la mano de Helena detrás de cada uno de estos pormenores.

—Ya casi estamos listos —le informó ella a bombo y platillo, acercándose con una cesta repleta de zapatos para darle un beso.

En contraste con el tono efusivo de sus palabras, Leo paseó la vista en torno y asintió con una serie de movimientos de cabeza en los que había más de cortesía que de genuino interés. Tras la bestia de semana de la que salía, ni de lejos tenía el cuerpo para nada de aquello. En todo caso, lo que le preocupaba era que la venta llegase a alargarse tanto, que luego no le diera tiempo a hablar con ella antes de volver al trabajo. Para no dar chance a que lo metieran en el potaje, él anunció que se iría a la cama, que ya no podía mantenerse en pie del cansancio. De parte de Helena hubo una frase tierna con la expresión «amorcito» para contestarle que sí, que se fuera a descansar, seguida de una aclaración tajante de que ese día ella no cocinaba, que se preparase algo él, que eso no lo iba a matar. Leo la dejó extrayendo los zapatos de la cesta y ordenando cada par alrededor de una mesa redonda y se retiró a su habitación. A su juicio, algo urgente que debería hacer ella era tener una charla de chica a chica con Macy. Bien que le venía a la zorrilla con aquel estilo de vida promiscuo que se traía, discurría entre bostezos.

Unos minutos después, apenas apoyaba la cabeza en la almohada y ya roncaba.

Desdichadamente, esa tarde sus planes para la jornada no solo no se cumplirían, sino que el día en general se convertiría en un desastre.

Aturdido por el desarrollo de los acontecimientos, esa noche Leo rememoraría todo en condiciones de trauma, como algo perteneciente a un pasado distante o que le hubiese ocurrido a otra persona.

Al atardecer despertaba con la venta aún andando y la impresión de haber dormido por cada día que la alarma había sonado más temprano y cada hora de sueño sacrificada. Antes de salir habría una ducha, algo de lasaña de la cena anterior, el toque extra que le faltaba para sentirse un hombre plenamente renovado. Al menos esa noche no tendría que andar como un zombi bajo las luces mortecinas de los salones de juego. De fuera le llegaban rumores de voces, principalmente de Helena. Ella y los otros sí que gozaban de reservas ilimitadas de energía, por lo visto. Al unirse al grupo, él encontraría a Mauro hojeando una revista en un rincón y a su esposa y otras tres mujeres, una de ellas Nadira, inspeccionando algunas piezas de ropa en un colgador. Por Mauro se enteraba de que Macy se había marchado hacía unos quince minutos con la otra de las chicas hindúes a no se qué ensayo de una banda de unos amigos de ellas. El negocio había estado flojo. Poca gente, observó el otro con una mueca, no quedaba muy claro si de pena o de hastío.

El incidente que cambió todo de un instante para otro se produjo cuando las mujeres con las que charlaban Helena y Nadira compraron unas blusas. Helena se lamentó de que había además un pantalón que querían y que no pudo venderles, porque estaba «con pelos», y pidió a Leo que fuera «un bello» y llevara el pantalón a la casa y lo dejase en el cuarto de lavado para ella limpiarlo más tarde. Leo obedeció a regañadientes, mascullando que para qué limpiar nada, si igual lo que no se vendiera acabaría de donación como habían acordado de antemano. El pantalón era gris oscuro, de franela, con una hebilla de piel. Los pelos que mencionara Helena eran en realidad unas pelusas de color azul. Él no se percató de que era el mismo material que se había impregnado en sus ropas la vez aquella que se coló en el patio de Mauro, hasta que arrojó el pantalón sobre la secadora.

La secuencia que desató eso, o como le llamaría Leo en retrospectiva: «el amazonas de mierda que cayó», él lo viviría como una corriente arrastrándolo, sin apenas resistencia de su parte, hacia el paraje más inhóspito al que se puede ir a parar en el curso de un matrimonio: el de las sospechas de infidelidad.

De repente se vio revolviendo el cesto de la ropa sucia y sacando las que había usado él unos días atrás para cotejar unas pelusas con otras. Eran las de la alfombra de la caseta de la piscina, sin ninguna duda. La única duda que había era qué hacían en el pantalón de su esposa. Un amago de risita nerviosa se le escapó entonces, mientras se preguntaba si ahora igual le daría por imaginarse estupideces solo por «una puñeta de pelusas». Aquello no significaba nada. Sus ropas también las tenían. Y como mismo había una razón ordinaria, sin relación con cuernos, para justificar la presencia de estas en las suyas, así la habría para justificar la presencia de estas en el pantalón de ella. Primero todo ese clima enrarecido de historias de incesto, chiquillas con hombres mayores, secretos morbosos, y luego pelos de la alfombra del vecino en el pantalón de su mujer. A cualquiera se le ponían los nervios de punta.

Paradójicamente, tratar de dar con alguna explicación que no involucrara a su esposa revolcándose sobre la alfombra con Mauro, todo lo que hizo fue empeorar las cosas. En un principio, una sensación de alivio rejuvenecedora lo recorrió de pies a cabeza como un soplo de aire fresco al recordar la ocasión en que Helena acompañó a los otros a Ikea. ¿No era una alfombra lo que habían ido a comprar? Quizás de regreso ella había ayudado a Mauro a instalar esta y en esas agarrase las pelusas. Pero su entusiasmo se apagó de golpe cuando cayó en cuenta de que ya hacía algunas semanas de eso y Helena cada domingo, religiosamente, lavaba hasta los trapos de la cocina. Para esas fechas, ya el pantalón no tendría los pelos.

Esas pelusas eran recientes, de solo unos días.

Él ya no sabía que pensar. Por unos instantes permaneció como desorientado, caminando de ida y vuelta por la estancia, hasta que un segundo momento de epifanía lo envió de un salto al vestidor. Alternativamente, era posible que los pelos no procedieran de la alfombra de la caseta. A fin de cuentas, siquiera podía decir con exactitud cuándo se había fijado en sus ropas sin las pelusas por última vez. A lo mejor ya las tenía desde mucho antes de meterse en el patio de Mauro y, más adelante, al notarlas, lo había despistado la coloración de estas, tan similar a aquella de la alfombra. Con tantas cobijas y toallas que sueltan residuos con un par de giros de lavadora, bastaría hurgar entre la ropa de cama y de aseo para que eventualmente apareciera alguna a juego con los pelos en sus ropas y en las de Helena.

O para que en cambio apareciese algo diferente por completo. Algo enterrado detrás de los bloques de mantas y colchas. Una bolsa de compras con unas franjas blancas y rosadas inconfundibles y a la vista de la cual dio por seguro que algo se traían su esposa y Mauro.

Una bolsa de compras de Victoria’s Secret.

El resto fue predecible. Leo ató uno y otro cabo de manera casi maquinal. Mauro de compras en el Victoria’s, una bolsa de compras del Victoria’s escondida en el clóset. ¡Era a Helena, no a Macy ni a nadie más, a quien el otro le compraba la lencería la tarde anterior! Las manos le temblaban cuando aferró la bolsa, y tuvo que sentarse en la cama, porque el piso le bailaba ante los ojos con cada prenda erótica que sacaba. Imágenes dolorosas de dos cuerpos entrelazados. El corazón a trote. La lasaña hecha una pelota en el estómago. Aquello era real. Esa bolsa en su mano con el nombre de la famosa marca de lencería estampado a lo largo, sobre las franjas, era real. Aquello realmente estaba pasando. Helena lo engañaba. Toda una semana dando tumbos detrás de Macy y era su mujer quien se acostaba con Mauro. Toda una semana desviviéndose por averiguar si Mauro tenía relaciones incestuosas con su hija, solo para desvelar que su esposa tenía relaciones adúlteras con Mauro.

La sangre le hervía en las venas y se agolpaba en sus mejillas mientras repasaba parte de lo acaecido desde la llegada de los otros. Los puntos comenzaron a caer agresivamente sobre las íes. Acciones entre ella y Mauro en las que nunca antes había percibido nada particularmente inquietante, de pronto se le antojaban poco menos que confesiones de culpabilidad ahora que apretujaba aquella bolsa en sus manos. Miradas, conversaciones, inflexiones de voz al hablar, sonrisas, cada detalle que le venía a la memoria venía además acompañado de un estremecimiento. Esa obsesión de su esposa con los vecinos no se podía decir que fuera normal, que acudiera a Mauro por el motivo más nimio era ridículo, que de buenas a primeras se interesara por el fitness y que constantemente se estuviera inmiscuyendo en los asuntos de ellos, las redes sociales del gimnasio, el proyecto de ciencias de Macy, o yendo con uno u otra o ambos a hacer algo, a Ikea en lo que él atendía el seminario de trabajo en Reno, a la colecta de caramelos de Halloween, y así, dale que dale, tenía que nacer de algo más que de una pura y sana simpatía.

¡A saber desde cuándo andaban enredados esos dos!

Y, ¿quién se tuerce el tobillo en una elíptica y, por añadidura, al grado de requerir días de descanso? ¿Quién que no ande buscando más bien una excusa para quedarse en casa y hacer cosas en secreto?

Cuentos, cuentos y más cuentos. Y entre tanto cuento, el cuento de peor gusto de todos: el de las relaciones de incesto. ¡Una obra de ficción de principio a fin! Con su esposa tirándose a mauro, aquello sencillamente no encajaba. A ese extremo había llegado Helena con tal de ocultar su traición, determinó Leo con horror: a inventarse algo bien monstruoso para que a él ni le pasara por la cabeza desconfiar de ella con ese bombazo robándose los titulares. Aquel diálogo entre Macy y la amiga nunca se había producido. El otro entre Helena y Nadira tampoco. La mismísima famosa vasectomía era un invento más. ¿Mauro tocándole el trasero a Macy en Ikea? ¿Ella escuchando gemidos sexuales llegarle de casa de su amante? ¡Por favor! Y él como un idiota espiando a Macy y devanándose los sesos con que si el tipo de la tienda era aquel «hombre mayor» que ni siquiera existía.

Cuando oyó a Helena llamarlo, aún se hallaba en el dormitorio, sentado en un borde de la cama, con la bolsa de Victoria’s Secret en las manos y varias piezas de lencería desparramadas ante sí. En lo que él atravesaba por los momentos más miserables de su matrimonio, su esposa y Mauro habían dado por terminada la venta, tras decidir de mutuo acuerdo continuarla al día siguiente. Ella cruzaba la puerta de entrada mientras lo llamaba y a la zaga venía Mauro cargando unas cajas. La coyuntura no podía ser más oportuna para Leo, que ya se aprestaba a confrontarlos. Él embutió las piezas de lencería en la bolsa precipitadamente, agarró el pantalón con las pelusas del cuarto de lavado y corrió a salirles al paso llevando ambos. Tenía ganas de armar un escándalo, de restregarles en la cara que los había descubierto, de insultarlos. Tenía ganas de romper algo.

Amore, ¿te importaría ayudar a Mauro a traer algunas cosas? —le preguntó ella no bien asomó él, y se cortó en seco al reparar en su aspecto descompuesto.

Mauro estaba acomodando las cajas en el suelo a un lado de la entrada, donde Helena le había indicado que las colocase. Unos pasos delante, de espaldas a este, se encontraba ella, depositando el chaleco y las llaves sobre la mesita del recibidor.

—¡Hombre, qué alegría verlos! —arrancó él, ignorándola—. Gracias por ahorrarme la molestia de ir a buscarlos. No se preocupen, solo tengo que decirles algo rápido y voy a hacerlo con diplomacia y corrección política: ustedes dos me dan asco.

Acto seguido, arrojó el pantalón de Helena a los pies de Mauro.

—Ahí te dejo el pantalón de mi mujer —le espetó a este— para por si quieres recuperar los pelos de la alfombra que se le pegaron mientras te la cogías en la caseta de la piscina.

Mauro bajó la vista hacia el pantalón por un instante. Confundida por aquella súbita salida de tono de su esposo, Helena solo atinó a abrir la boca con espanto, sin alcanzar a emitir ningún sonido.

—En cuanto a la lencería, muy hermoso el gesto, de veras —prosiguió él, alzando la bolsa de Victoria’s—. Si mi esposa no te lo ha agradecido todavía, permíteme hacerlo yo en su nombre.

Y, de nuevo dirigiéndose a ambos, remató con:

—Lo sé todo, cabrones.

El corazón le bombeaba con furia. Había hablado de carretilla y se notaba que solo hacía una pausa para recobrar el aliento. Por cuestiones de precaución, Helena se interpuso entre él y Mauro dando un respingo. En el lapso de apenas un segundo, el rostro de ella pasó por diversas transformaciones, primero quebrándose en una cascada de temblores de labios y párpados, en lo que se volvía a uno y otro hombre con una expresión llorosa de súplica y de malestar físico, como de alguien a quien no le falta mucho para hiperventilar, y a continuación desencajándose con contracciones musculares y retorcijones de boca, al tiempo que empezaba a forcejear con su marido para alejarlo de allí.

—Pero, Leo, ¿estás loco o qué? —chilló ella—. ¡Oh, dios mio, Mauro, qué vergüenza contigo!

—¿Te gusta cogerte a las esposas de tus vecinos, eh, capitán gimnasio? —increpaba Leo al otro, resistiendo los esfuerzos de Helena por hacerlo retroceder—. ¿Es eso lo que te pone? ¿También se te había olvidado que tenías un título en esa materia? ¿Andas con deseos de sacarte el aprobado cum laude?

Junto a la puerta principal, cerrada a medias, Mauro se rascaba el cogote con los labios fruncidos en una mueca, como conteniéndose para no responder a sus ofensas. Helena seguía empujando a Leo hacia atrás, implorándole que parase y gritando que estaba mal de la cabeza, que entre ellos no había nada. Leo apartaba la bolsa de su alcance cada vez que ella, insistiendo en que le dejara explicarle, intentaba arrebatársela. Insensible a sus sollozos y ruegos, él se desahogaba exponiendo cómo los había desenmascarado, cómo se había escabullido en el patio del otro y husmeado en la caseta de la piscina, de donde había regresado con las ropas cubiertas con las mismas pelusas que tenía el pantalón de ella, y de cómo había visto a Mauro la tarde anterior comprando lencería en el Victoria’s, para que ahora, casualidades de la vida, se diera de bruces sin más con lencería del Victoria’s escondida entre la ropa de cama.

Con la anécdota del patio, Mauro, que ya se daba la vuelta para irse, se detuvo y miró a Leo, visiblemente picado. Helena por su parte se desgañitaba tratando de apaciguar a su esposo y pedía a Mauro que no hiciera caso y se marchase. Los dos se quedaron de piedra con lo próximo que salió de boca de Leo, reacio a saltarse ni un solo improperio de la lista. Lo más irónico de todo, despotricaba él, era que ni siquiera los había pillado porque se olía que algo estaba pasando. ¡No señor! ¿Quería saber él, Mauro, cómo había acabado por destapar el engaño, por dónde se había deshilachado la costura? ¿Por qué no le preguntaba a su novia, para que ella misma lo pusiese al tanto? A ver si ella se atrevía a contarle cómo le había soltado una mentira tras otra para hacerle creer que le parecía que el vecino se acostaba con su propia hija. En efecto, eso había hecho ella, levantar rumores de incesto sobre su persona como maniobra de distracción. Obstinándose en esclarecer la situación, era que él había topado con lo que en verdad sucedía.

Helena lucía como si el suelo se hubiera movido bajo sus pies.

—¡¡¡Leo!!!

No había sido una invención suya, comenzó a balbucir con la voz resquebrajada y la barbilla temblándole, mientras se dirigía a Mauro y Leo por turnos. ¿Cómo iba a mentir ella con un tema tan delicado? Sí, admitió, eso había pensado en algún momento, pero enseguida se había dado cuenta de su error y se arrepentía y disculpaba de todo corazón. Leo la interrumpía y ambos hablaban a la vez. Que demostrara que no era un bulo suyo, sugería él, que aclarase Mauro si tenía una vasectomía o no. Y uno y otra enmudecieron cuando Mauro hizo ademán de avanzar hacia ellos apretando los puños y los mandó a callar. Tanto ella como él eran unos malditos enfermos y mejor se iba para no reventarlos, estalló, y ni Leo ni Helena osaron abrir la boca en lo que franqueaba la entrada y se perdía fuera.

A solas ya, la pareja se enzarzó en un intercambio encarnizado de acusaciones y reproches. Ninguno de los dos escuchaba lo que decía el otro y, cuando captaban algo al vuelo, era para replicar con una nueva andanada semicoherente de más quejas y reclamos con frases entrecortadas y palabras mal articuladas por la exaltación. Leo esperaba que ella estuviese contenta, echando su matrimonio así por la borda por un simple calentón con el chico guapo del barrio. Helena lo felicitaba por casi lograr que los asesinase un «fisiculturista» y destrozar la vida de ensueño que con tanto sudor se habían creado. El mejor consejo que él podía darle era que desistiera de insultar su inteligencia negándolo todo: kaput, finito, las cortinas habían caído, fin de la obra, aplausos. Jamás se habría imaginado ella que él tuviera una opinión tan pobre de sí, al punto no solo de dudar de su lealtad, sino de culparla de usar algo tan grave como unas relaciones de incesto para protegerse.

En medio del barullo, de alguna manera la bolsa de lencería había terminado en poder de Helena. Ella registraba el interior y preguntaba a Leo qué había hecho con el resto. Cansada de no recibir respuesta, recogió entonces el pantalón con las pelusas del piso y se lanzó escaleras arriba en dirección al dormitorio. Ya que él era tan avispado, que fuera con ella para que viese lo buen detective que era.

En el cuarto, frente a la cama, había quedado regado el montón de papeles de colores que venían de relleno en la bolsa. Helena los ignoró de momento para zambullirse en el vestidor, revolver la ropa que colgaba de las perchas y agarrar una de las piezas. Era su nuevo suéter de angora, el que estrenara con el primer bajón de temperatura de la temporada y que según ella sus compañeras le habían celebrado en la oficina por lo agradable al tacto que era y el brillo azulado de su lana afelpada. Ella plantó el suéter y el pantalón a un palmo del rostro de Leo para que él pudiera apreciar con máximo lujo de detalles que las pelusas de uno provenían de los pelos del otro. Unos días atrás había puesto a lavar el suéter y a toda la ropa de la colada se le habían adherido esas fibras. Leo había acertado en sus suposiciones, solo había revisado el área del vestidor y el género de ropa equivocados. Gracias a eso, en vez de tropezarse con el suéter, se había tropezado con la bolsa.

Respecto a esta, escarbando entre los papeles de relleno que había diseminados ante la cama, ella extrajo un sobre con una nota dentro que él había pasado por alto mientras vaciaba el contenido de la bolsa en estado de pánico. Era un sobre pequeño, de forma cuadrada, con dibujos de flores y fácil de perder de vista entre el legajo multicolor de papeles de regalo. La nota era de puño y letra de Helena. Ella lo felicitaba por su cumpleaños y le obsequiaba una «mujercita» más sexy en honor a sus cuarenta y cinco «tacos». La lencería erótica era para usarla con él. Helena la había ordenado online, poniéndose de acuerdo con Mauro para hacer que enviaran el pedido a su dirección y así no arruinar la sorpresa. Luego, por iniciativa propia, Mauro se había llegado por la tienda en persona, tras surgir un problema con el envío.

—Eso es, Leo, disfruta de tu hazaña —concluyó ella, rompiendo a llorar de nuevo—. Para ti es preferible atacar y condenar a la mujer con la que compartes tu vida que hacer un par de preguntas. Está más en tu onda.

De pie al otro lado de la habitación, Leo pugnaba por reprimir la sonrisa de gloria que amenazaba con asomar a sus labios. Había metido la pata. Tenía esa sensación de incomodidad social que experimenta el invitado torpe que derriba la tarta en una boda. Pero a la vez respiraba como si le hubiesen quitado una losa del pecho. Cualquier cosa, recuerdos bochornosos, recriminaciones de Helena, mala sangre con los vecinos: lo que sea menos cuernos. Helena se había acurrucado con las piernas en alto en una butaca que había entre la mesa de noche y la ventana y él se acercó y la estrechó contra sí, sin ceder a los codazos y sacudidas de hombros de ella para apartarlo. Lo más hiriente de todo era que le había achacado inventarse las sospechas de incesto para hacerse la santa, gimoteaba ella. ¡Y delante de Mauro además! Se moría solo de imaginar lo que estaría pensando él de ellos. Claro que ella no se había inventado nada, la calmaba Leo. De hecho, ya él sabía quién era el hombre maduro que veía Macy. Mauro era inocente.

—¡Naturalmente! ¿Qué me cuentas tú a mí? —profirió Helena.

¿Haría ella una venta de garaje con él si lo creyera culpable de eso? Ella ya había hablado con Macy y la chica ya le había dicho. Él mismo también estaría actualizado si en lugar de creerse agente secreto de la CIA pasara más con su esposa. Con la ilusión que le daba la nueva vida que empezaban en su rinconcito idílico y él sin nada más productivo que hacer que estropearlo.

De rodillas a un costado de la butaca, Leo oprimía la cabeza de ella contra su mejilla y le acariciaba el cabello. A la mañana siguiente, tan pronto volviese del trabajo, iría a ver a Mauro, le prometió. Cuando le explicara todo él entendería.

—Ya verás que lo soluciono —afirmó, besando sus manos.

Pero a juzgar por el humor de perros de Mauro parecía poco realista contar con que así fuera.

Era de noche ya. Hacía alrededor de una hora que Leo se había marchado al casino. En la caseta de la piscina, el fortachón miraba un juego de baloncesto en la televisión al que no prestaba interés. Se hallaba reclinado en el sofá, con una pierna cruzada a lo largo sobre la otra, tobillo sobre rodilla. El pie de la pierna superior se movía rítmicamente, inmune al agotamiento físico. En contraposición, un sistema distinto, de rigidez y gravedad, regía sus facciones. Cada rasgo reflejaba furor contenido: los músculos tensos de la mandíbula, la mirada severa, con los ojos como dos llamaradas, la piel de la frente entre las cejas formando pliegues.

Cuando sintió llegar a Helena, se incorporó, salvó la media zancada que lo separaba del minibar y se embuchó un trago de tequila.

—¡Aquí estoy! —anunció ella, irrumpiendo dentro—. Acabo de llamar a Leo y ya anda en sus trajines en el casino. Tenía que asegurarme antes de venir. Después de lo de hoy cualquiera sabe.

Todavía era un manojo de nervios y le costaba hablar con claridad, sin trabarse y parar entre frase y frase para morderse los labios o pasarse una mano por el pelo. Se le caía «literalmente» la cara de vergüenza con él por el espectáculo que había dado el salvaje de su esposo, insistía. Francamente, dudaba de que pudiese expresar con palabras cuánto lamentaba las bravuconadas que Mauro había tenido que aguantarle, los horrores que le había dicho. Siquiera se esperaba que él le fuese a responder cuando le mandó el mensaje avisándole que había arreglado las cosas con Leo y pidiéndole encontrarse, mucho menos que aceptara verla. Solo podía imaginarse lo molesto que debía estar.

Mauro se sirvió otro tequila en silencio, sin perturbar su monólogo. En lo que ella parloteaba, se limitó a dar sorbos a su trago, de pie junto al minibar, con la mano libre apoyada en la superficie y mirando ensimismado la que sostenía el vaso, como si evitara a propósito hacer contacto visual con ella.

Eso de los rumores de incesto no había sido más que un sandez de su parte, decía Helena, sentada en un brazo del sofá. Le constaba que era algo insensible y desafortunado, directamente criminal. ¡Con eso no se juega! Pero es que todo aquello la estresaba una barbaridad. Ella no era de esas mujeres acostumbradas a engañar a su pareja y le daba terror que Leo pudiera enterarse de lo que había entre ellos, de que advirtiese algún cambio en ella y de ahí pasara a hacerse preguntas. Uno de esos días en que no llevaba muy bien la presión, iba ella pensando en algo que le había contado Nadira sobre un tipo con el que salía Macy de unos treinta años, dependiente de una tienda en el centro comercial, y sobre el comentario de Nadira de que a esos tipejos maduros que seducen a chicas adolescentes deberían caparlos, dejarlos estériles, y con eso en la cabeza, de la pura ansiedad, de pronto se había encontrado inventando aquella burrada y soltándosela a Leo. Lo creyera o no, de esa forma tan estúpida era que había sucedido.

Helena evocaba cómo apenas le había bastado mencionar el asunto a su esposo para que ya en medio de la conversación se preguntase qué narices se suponía que estaba haciendo. ¡Demencial! De buena gana se habría echado atrás de no ser porque ya era tarde para desdecirse sin terminar peor que como había empezado. Luego, al ver que Leo solo se burlaba de ella, se había quedado más tranquila, con idea de volver a tocar el tema en unos días, esta vez para venirle con que ya se había informado mejor y que la cosa no era lo que ella se figuraba. ¿Cómo iba a prever que, entretanto, al exagerado de su marido le daría por creerse Nancy Drew y que montaría un relato de misterio con eso? Gracias a dios Leo había descubierto por sí mismo que todo había surgido de una confusión. Lo que sí, ahora que ella le había probado que no lo traicionaba y que este ya no pensaba que ella había urdido esa historia para confundirlo, en lo adelante y a efectos prácticos, él, Mauro, tenía hecha una vasectomía, añadió en un tono más relajado, un poco que buscando congraciarse.

El tequila en el vaso se había agotado. El hombre se sirvió más, aún sin dignarse a mirarla.

—Qué coincidencia más puñetera, ¿no? —observó Helena, tras una pausa, bajando la vista a la alfombra y frotando esta con la punta del zapato.

Una alfombra de casa de Mauro con pelos del mismo color que los de su suéter. Las ropas de ella y de Leo agarrando pelusas del suéter en la lavadora por esos días. Leo notando las pelusas solo después de haberse tumbado en aquella alfombra. ¿Cuáles eran las probabilidades de anticipar algo así? Por lo menos con la lencería del Victoria’s ella había podido tomar sus medidas cuando Mauro se la había regalado. Y él riéndose de ella por su buen tino de escribir la tarjeta de felicitación de cumpleaños a Leo, para en caso de que la lencería cayera en manos de este.

—Escucha, Mauro, siento en el alma haberte ofendido con esa cochinada —largó ella de sopetón, desalentada por la frialdad del otro—. Si no me quieres perdonar, muy bien, comprendo. Mañana en la mañana Leo vendrá a hablar contigo para disculparse. Por favor, solo te pido que no seas duro con él ni que por rabia o por despecho te descargues contándole lo nuestro.

Más que de enfado, su expresión era de abatimiento, como la de quién contempla ante sí el cadáver de algo hermoso. Mauro dejó entonces el vaso de tequila a un lado y clavó los ojos en ella con una fiereza que dejó a Helena paralizada de miedo.

—¿Te crees que soy imbécil? —tronó, con los dientes apretados para no alzar la voz y las venas del cuello hinchadas por el esfuerzo— ¿Cómo te diste cuenta de que me acuesto con mi hija?



¿Te gusta el contenido y deseas ayudar? IR A PÁGINA DE DONACIONES

Comentarios